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sábado, 2 de marzo de 2013

Reflexiones sobre el genocidio

ENTREVISTA A DANIEL FEIERSTEIN

El sociólogo, que en su libro Memorias y Representaciones profundiza sobre el genocidio, sus significados y sus consecuencias, analizó el uso de ese delito que cada vez con más frecuencia se hace en las sentencias contra los represores de la dictadura.

 Por Alejandra Dandan

La figura del genocidio escaló posiciones en las sentencias de los últimos años contra los represores. Al comienzo fueron fallos “en el marco de un genocidio”, luego un fiscal usó esa figura para acusar directamente por el “delito de genocidio” y el año pasado en Circuito Camps todas las querellas, la fiscalía y el Tribunal acusaron y condenaron por ese delito. ¿Cuáles son los efectos simbólicos de una configuración penal pensada en esos términos? En Memorias y Representaciones –la primera parte de un libro pensado como trilogía–, el sociólogo Daniel Feierstein compara el “genocidio” con los efectos de otras dos representaciones sobre el terror: guerra y crímenes de lesa humanidad. “El objetivo es poder demostrar críticamente las consecuencias de estos relatos tratando de salir de una discusión acerca de si uno sería verdadero y los otros falsos –dice–, parándonos en otra pregunta: ¿qué consecuencias genera para nuestro presente y futuro cada construcción de sentido?”

–¿Por qué Memorias y Representaciones?

–El eje de mi trabajo previo (El genocidio como práctica social) era demostrar que el genocidio constituía una tecnología de poder, que no terminaba con el aniquilamiento material sino que cobraba consistencia en lo que llamé “realización simbólica”: cómo y cuándo el terror cobra sentido en nuestras prácticas. Eso me llevó a analizar el “posgenocidio”, aunque es parte del propio genocidio, preguntarme ¿qué es lo que ocurre después del aniquilamiento y cómo funcionan los procesos de representación? No lo hice sólo con el ánimo de comprender, sino para actuar políticamente. Analizar si existieron maneras de resistir, de limitar las consecuencias del terror. Trabajé con otras disciplinas para entender cómo funciona la memoria, el trauma; cómo afectan nuestros procesos identitarios. Las herramientas de la sociología, la historia o la filosofía no eran suficientes.

–El libro tiene algo de accesible y una preocupación científica. ¿Qué destinatarios pensó?

–Es exageradamente ambicioso porque el posible lector son una cantidad de públicos distintos y hay una preocupación política muy inmediata vinculada con la coyuntura, en relación con los operadores jurídicos y la importancia de comprender los distintos tipos de calificación jurídica. Un lector privilegiado son los jueces, querellantes, fiscales, todos los sectores, incluso los perpetradores y sus defensores. Pero como el eje son los “trabajos de elaboración” hay un intento para que sea accesible a cualquiera, incluso pensar analogías con otros procesos en tanto una hipótesis central es que el genocidio transforma las identidades de todos los miembros de la sociedad y que el terror afecta al conjunto social. Por otro lado, hay una preocupación de plantear una serie de hipótesis arriesgadas en el diálogo interdisciplinario y en especial por el interpelar psicoanalítico.

–En la primera parte recurre a la neurociencia y aparece el eje de la “des-sensibilización”, que va a ser importante en la segunda parte, y la construcción de la figura del genocidio.

–El objetivo es comprender cómo funciona el cerebro y la estructura psíquica que constituyen el sustrato de los procesos con los que quiero trabajar. Una preocupación central es poder desarrollar hipótesis en función del carácter adaptativo de lo que llamo “procesos de des-sensibilización”: comprender cómo nos “ajenizamos” de los procesos de terror que vivimos. Trato de encontrar fundamentos en procesos mucho más primarios y explicar por qué un ser vivo resulta “adaptativo” por perder el registro de sensaciones de aquello sobre lo cual no se tiene capacidad de actuar. Cuando un sistema nervioso es sometido a una agresión frente a la cual no tiene ninguna posibilidad de reaccionar, la única respuesta adaptativa es disminuir su conexión (des-sensibilización) a modo de hacer vivible su continuidad. El dolor es un alerta para la acción, pero si la acción es imposible el dolor se vuelve inútil.

–¿Cómo se vincula con el genocidio esta sociedad que amputa su capacidad de sentir dolor?

–El tercer capítulo intenta cuestionar una mirada que podría llamar de cierto historicismo ingenuo, que cree que la ciencia social podría revelar una única verdad de los hechos. Trato de plantear que nuestro sistema de representación construye sentido, que no es lo mismo que construir verdad. No hay una sola forma dar sentido a la realidad caótica y para constituirnos como sujetos sociales con identidad damos sentido a ese caos de estímulos, priorizamos unos sobre otros. Esto me lleva al eje del libro: tratar de comprender las consecuencias de las tres grandes construcciones de sentido alrededor del “terror” que hemos sufrido como sociedad: los que lo conciben como “guerra”, como “crímenes de lesa humanidad” y como “genocidio”.

–Antes de cada uno, ¿por qué dice que la Justicia tiene un rol prioritario en esa construcción?

–Creo que los efectos de sentido se construyen en muchos planos, pero el jurídico tiene un peso cualitativo, ya que hemos puesto a la Justicia en el rol de sanción de verdades colectivas. Es el ámbito fundamental de sanción de nuestras representaciones colectivas sobre el pasado y por eso el libro.

–¿Cuáles serían esos sentidos?

–Una de las variables más relevantes para analizarlos es la “afección”: la relación entre una “identidad-nosotros” y el proceso de terror-ejercicio en lo social. Hay tres tipos de reconstrucciones claramente distintas. El discurso de la “guerra” piensa en clave binaria, de bandos. Una división social que opone dos identidades y dos grupos. Tiene algunas ventajas porque piensa en términos de grupos, de sujetos sociales. Pero su desventaja es quitar complejidad al ejercicio del terror, es decir, cosifica en roles rígidos a los participantes de ese proceso al ponerlos como bandos. Otro riesgo es la teoría de los dos demonios: al reducirlo a grupos muy pequeños de población y poder plantear la idea de una ajenidad del conjunto social. La idea de que los que confrontaban eran grupos marginales y que el conjunto social se encontraba afuera de la confrontación.

–¿Y los crímenes de lesa humanidad?

–La representación es totalmente distinta, pero su característica se basa en el componente liberal: la comisión de delitos particulares cometidos desde el Estado contra los ciudadanos, por lo tanto el afectado por el terror es el ciudadano en términos individuales. Podemos tener perspectivas más amplias o más acotadas. Que no sólo se ve el secuestro, asesinato, sino la violencia sexual, pero el concepto de lesa humanidad hereda el principio individualista de la lógica penal.

–¿Genocidio?

–Genocidio aporta la potencia del concepto de “grupo”, permite quebrar una lógica binaria y pensar que el terror afecta al conjunto social, incluso incluyendo allí a los propios perpetradores. Que el terror transforma a los sujetos sociales en una cantidad amplísima de niveles y de prácticas. Que es imposible no ser afectado por una sociedad que instala el terror sistemático con respecto al conjunto de su población.

–Ahí hay una “sociedad” reemplazando lo que en otras perspectivas tenía al “Estado”: ¿sociedad como víctima pero también responsable?

–Nos permite pensar la complejidad de que a la vez la mayoría de la población fue víctima de ese terror y responsable de su reproducción. Guillermo O’Donnell lo explicitó de modo brillante con el concepto “liberación de los microdespotismos”.

–¿Y cómo opera lo social “des-sensibilizado”...?

–Creo que una reacción social fuerte de los juicios, aún hoy y pese a la inclusión de la figura de genocidio en numerosas sentencias, es que todavía es profundamente hegemónica la mirada que entiende lo que se está juzgando como lo que les ocurrió a los afectados directos. Lo que ocurrió con gente que no es parte de mi propia identidad, quienes pasaron por un campo de concentración o los familiares y en todo caso la respuesta del ciudadano medio podría ser un mayor o menor nivel de solidaridad o empatía donde sigue siendo fuerte la incapacidad de pensar su propia afección. En ese contexto, con el planteo de genocidio va ganando fuerza el pensar el terror como la destrucción del grupo nacional argentino. El avance en las sentencias y en la discusión colectiva puede ser un aliciente para poner sobre la mesa las afecciones en cada una de nuestras prácticas, tanto de los miembros de la generación que la vivió como de los hijos...

–Usted habla de esto en el libro, pero ¿no sólo los efectos en “hijos” de afectados directos?

–A ese terror legado por sus padres, y legado traumáticamente y no explícitamente, porque fue legado por padres que hegemónicamente creen que ese terror no los tocó. Y entonces ese legado es mucho más inconsciente, pero justamente son los legados más difíciles de revertir y procesar..
Lo político y el politicidio

Se dijo que al no estar incluida la figura de los perseguidos políticos en la Convención, la idea de genocidio despolitiza a las víctimas.

–Creo que eso tiene varios problemas. Por un lado, todos los procesos genocidas a lo largo de la historia tuvieron motivación política. Por otro, pensar la identidad centralmente como política y en particular la identidad política partidaria produce, a mi modo de ver, un empobrecimiento de la comprensión de ese proceso porque deja por fuera montones de relaciones sociales que no remiten a la identidad partidaria. Los delegados gremiales, dirigentes barriales, estudiantes, muchos tenían identidades partidarias, algunos menos claras o cruzadas: lo político nos atraviesa de modos mucho más complejos que lo partidario. La idea de “grupo nacional” termina de instalar la complejidad de los procesos genocidas: la destrucción de vínculos sociales que se vinculan con el rediseño de sistemas de poder, que es en lo que se basa la política, opera en todos los lazos de la política nacional transformando nuestra identidad.

–Otra crítica es que la idea del genocidio aparece determinada por la experiencia nazi.

–Cada representación evoca tipos de analogías distintas. El genocidio está analogado al nazismo, y eso tiene ventajas y desventajas. La cara negativa es su vinculación directa con el racismo y una de las consecuencias más negativas es la experiencia de Guatemala, donde hubo una fuerte despolitización del proceso de exterminio al priorizarse la identidad indígena por sobre el componente nacional y político de los grupos destruidos, que incluían indígenas y ladinos. En el caso argentino se acentuó la idea de grupo-nación y no con su carga racista o étnica, pero permitiendo una fuerte politización. Pero otra forma de esa analogía es muy favorable. En la lucha contra la impunidad está instalado que los perpetradores nazis no pudieron escapar a la condena y, aunque no del todo cierto, opera en la resistencia contra la impunidad como expresan el canto del “Como a los nazis...”.

–¿El “genocidio” cambia las penas?

–Resulta muy sugerente que, pese a que normativa y doctrinariamente las figuras de lesa humanidad y genocidio no deben medirse distinto en términos de penas, haya una tendencia muy creciente a establecer penas más severas y cumplimiento de prisión de condenas más severos en aquellos que reconocen la existencia de genocidio aun cuando no se fundamenta de esa manera. Es particularmente llamativo, muestra la fuerza que imprime el concepto incluso en ámbitos donde no tendría fuerza efectiva. Esto es parte de lo que estoy evaluando en mi segundo volumen.

upo nacional

La idea de “grupo nacional” se usa porque era la que estratégicamente se podía usar en la Convención sobre Genocidio, ¿o cree que da cuenta de otros anclajes?

–Pensar la experiencia argentina como destrucción parcial del grupo nacional argentino surge como respuesta coyuntural técnica a la posibilidad de incluir el “caso argentino” en la Convención a partir de la exclusión de los grupos políticos. Pero esa resolución coyuntural tuvo una potencia conceptual impensada para transformar todo el modo de pensar y representar el genocidio.

–¿Por qué?

–Desde su sanción como concepto jurídico en Naciones Unidas, el genocidio era pensado básicamente en clave binaria: el aniquilamiento de un grupo por otro grupo sin percibir que de ese modo se legitimaba la estructura de pensamiento de los propios genocidas. Como el caso del genocidio nazi, sería un grupo alemán aniquilando a otro grupo judío como si fueran dos entidades esencialmente distintas, que era lo que planteaba el nazismo: que los judíos no eran alemanes, no eran europeos. Por el contrario, la idea del aniquilamiento del “propio grupo” confronta con ese objetivo genocida de separar a una parte de la población del “nosotros”, de un nosotros colectivo. Pero una vez aparecida esta línea fue sugerente volver al creador del término: Rafael Lemkin, un judío polaco que pensaba al genocidio como la destrucción de la identidad de los oprimidos dentro del propio grupo nacional.

De lo posible a lo imposible

¿Cómo ve lo que está pasando con los juicios?

–Me parece que hay un eje entre lo posible y lo imposible. A mi modo de ver, tuvo que ver con la persistencia de un núcleo muy duro de los que tuvieron la terquedad de luchar por lo imposible. Muchos, incluso yo mismo, veíamos como imposible que la Justicia tuviera la flexibilidad de poder darles a los hechos su nombre más preciso. Creo que las sentencias muestran dos cosas. Una, que un proceso puede seguir avanzando en la medida en que hay quien siga reclamando y que sólo podemos conquistar algo cercano a lo posible si luchamos por lo imposible; y dos, el proceso muy básico en el desarrollo del ser humano de fetichización: creer que nuestros productos cobran autonomía en relación con nuestras acciones, y en verdad el proceso de justicia es un producto humano y es afectado por las acciones de los colectivos humanos. Ese proceso que nos hace creer que nuestros productos cobran vida propia y que el derecho tendría sus lógicas que estarían más allá de nosotros, y esta terquedad de aquellos que luchaban pidiendo lo imposible permitió quebrarlo y mostrar que la Justicia es una producción humana y entonces lo imposible es en verdad posible.

lunes, 16 de julio de 2012

Capturan al criminal de guerra nazi más buscado

Laszlo Csatary, quien ahora tiene 97 años, fue detenido en Hungría.

Está acusado de complicidad en la muerte de 15.700 judíos.

El criminal nazi más buscado del mundo, Laszlo Csatary, de 97 años y acusado de complicidad en la muerte de 15.700 judíos durante la Segunda Guerra Mundial, fue hallado en Budapest, anunció ayer el director de la oficina del Centro Wiesenthal en Israel.

"Confirmo que Laszlo Csatary fue identificado y encontrado en Budapest", declaró a la AFP Efraim Zuroff.
"El (diario británico) Sun pudo fotografiarlo y grabarlo gracias a informaciones que nosotros aportamos en septiembre de 2011", añadió.
El diario británico anunció ayer en su sitio web que el criminal de guerra nazi húngaro, el más buscado del mundo, "fue identificado y hallado" en Budapest.

"Hace diez meses, un informador nos dio elementos que nos permitieron localizar a Laszlo Csatary en Budapest. Ese informador recibió la prima de 25.000 dólares que acordamos a cambio de informaciones que permitan hallar a criminales nazis", explicó Zuroff por teléfono.

Los reporteros del Sun encontraron a Laszlo Csatary en su apartamento de Budapest, en cuyo timbre aparecía el apellido "Smith". "No he hecho nada, váyanse de aquí", les dijo cerrándoles la puerta en las narices.

"Es la cuarta vez que el Sun colabora con nosotros para presionar a las autoridades que tardan demasiado tiempo en encontrar a nazis", explicó Efraim Zuroff.
Zuroff añadió que las informaciones sobre el paradero de Csatary fueron transmitidas en septiembre de 2011 a la fiscalía de la capital húngara.

El fiscal adjunto de Budapest, Jenö Varga, no pudo confirmar la información, limitándose a declarar ayer: "Hay una investigación en curso. La fiscalía está estudiando las informaciones recibidas". En abril, el Centro Wiesenthal había colocado a Csatary al tope de la lista de los criminales de guerra más buscados del mundo.
Csatary fue jefe de la policía en el gueto de Kosice (Kassa, en húngaro, y Kaschau en alemán), situado en el territorio de la actual Eslovaquia, donde 15.700 judíos fueron asesinados o deportados al campo de exterminio de Auschwitz, en Polonia, durante la ocupación alemana de la entonces Checoslovaquia.

Laszlo Csatary trataba a los judíos del gueto con crueldad, azotando a las mujeres y obligándolas a cavar trincheras con las manos desnudas, explicó Zuroff.
Había sido condenado a muerte en ausencia en 1948 por un tribunal checoslovaco, pero desapareció misteriosamente después de esconderse en las ciudades canadienses de Montreal y Toronto. Posteriormente, con una identidad falsa, se dedicó a comerciar objetos de arte. Hace unos 15 años, las autoridades canadienses descubrieron su verdadera identidad y por ello volvió a desaparecer, esta vez escondiéndose en Hungría, dijo Zuroff.

domingo, 24 de junio de 2012

Entrevista con el diputado griego de SYRIZA, Manolis Glezos, de 94 años, héroe de la resistencia al nazismo

“Aún existen los traidores en nuestro país”

Nada parece detener a este hombre enérgico que atravesó un siglo XX en rebeldía constante y ahora, en este naciente siglo XXI, acaba de ser electo diputado nacional en las filas de la coalición de izquierda radical.

 Por Eduardo Febbro

Desde Atenas

Manolis Glezos no tiene tiempo para escribir sus memorias. Podría llenar varios volúmenes, pero prefiere vivir. Los 94 años que marca el reloj del tiempo no le frenan ni sus ansias, ni su fuerza, ni sus convicciones políticas inalterables desde aquella madrugada de Mayo de 1941 cuando, en plena ocupación nazi de Grecia y con apenas 18 años, subió a la Acrópolis de Atenas, arrió la bandera nazi e izó la griega. Manolis Glezos es un héroe europeo y nacional. Los historiadores ubican su gesto como el primer acto de resistencia contra la ocupación nazi de Europa del Sur. Nada parece detener a este hombre enérgico que atravesó un siglo XX en rebeldía constante y ahora, en este naciente siglo XXI, acaba de ser electo diputado en las filas de la coalición de izquierda radical Syriza. Detenido, liberado, arrestado, condenado, fugado, torturado y siempre libre.

La historia de Manolis Glezos es el relato de una insumisión sin rendición. Junto a Mikis Theodorakis, Glezos fue una de las cabezas más visibles del combate contra la dictadura de los coroneles (entre 1969 y 1974). Más recientemente, el ahora diputado de Syriza fue uno de los primeros en llamar a los griegos a manifestar cuando Grecia se vio frente al precipicio de los planes de austeridad. La memoria de los pueblos suele ser infiel con sus héroes. A Manolis Glezos le toca vivir en estos días un episodio inusual: en cuanto ingrese al Parlamento como diputado tendrá que compartir esa cuna de la democracia con los diputados del partido neonazi Amanecer Dorado. Con 7 por ciento de los votos, la formación que reivindica a Hitler como herencia y sus valores como método fue legitimada en las urnas. Glezos convivirá en el Parlamento con los herederos de quienes él combatió toda su vida. La sombra de aquella bandera nazi que arrió de la Acrópolis en 1941 le sigue sus pasos.

Sin embargo, no se detiene en lamentos, muy por el contrario. Por eso eligió la batalla política y las ideas de Syriza para vencer a sus dos enemigos: Amanecer Dorado y los planes de austeridad promovidos por la Unión Europea, en especial por Alemania. Al igual que Syriza, Glezos denuncia a “los bancos internacionales, las agencias de calificación y los fondos de inversiones que asientan su poder en Europa y en el mundo y se preparan a destruir los Estados y la democracia utilizando el arma de la deuda”. La actitud agresiva y humillante de Alemania –entre otros insultos, Berlín trató a los griegos de vagos– le dio a Manolis Glezos una nueva dimensión. Como él mismo lo dice: los años no cuentan. Lo que cuenta es ganar la próxima batalla.

–Tantas y tantas décadas después, ¿qué le produce a usted ver a los neonazis ingresar al Parlamento?

–Es algo triste lo que ocurrió, pero creo que debemos analizar estos eventos y ver por qué ocurrieron. Desde luego que me da tristeza y rabia. A pesar de nuestra gran historia aún existen traidores en nuestro país. Siento pena de ver cómo hay gente que puede llegar a este punto. También siento rabia porque nuestro sistema político le da de comer a estos fenómenos, los fortalece. Durante la ocupación de Grecia por los nazis tuvimos traidores y colaboradores. A muchos de los colaboradores les dijimos: ustedes son griegos, tienen que trabajar para Grecia. Hicimos un trabajo tan fuerte que muchos de ellos pasaron luego a formar parte del Frente de Liberación Nacional. Hay que hacer un trabajo similar con quienes votan por los neonazis. Además, hoy hay que mirar de cerca las consignas y las políticas que promueven estas organizaciones. Dicen que están contra el capital, contra los memorandos de austeridad, dicen que están a favor de la Patria y contra los inmigrantes. Es curioso constatar que durante la Ocupación, una de las primeras organizaciones creadas por griegos traidores y alemanes se llamaba ESPO, Organización Social Nacionalista Patriótica. Pues ESPO defendía los mismos temas que los neonazis de hoy: lo nacional, lo patriótico y el socialismo. Lo mismo que ahora: patriótico contra el memorando, social contra el capital y contra los inmigrantes por la nación. Lo que nos queda entonces por hacer es revelarle al pueblo los planes de esta gente y demostrar que los problemas del pueblo no se pueden resolver con el fascismo. Para mí, no se trata de saber lo que yo siento sino cómo enfrentar ese problema sin sentimentalismo, con lógica. Para Grecia, lo más importante es recuperar su independencia nacional. En este momento nos han llevado casi a ser un protectorado bajo el dominio de Alemania.

–Cuando usted subió a la Acrópolis a sacar la bandera nazi y poner la griega en su lugar era muy joven, tenía apenas 18 años. ¿Por qué eligió hacer ese acto?

–Bajé la bandera en la madrugada del 30 al 31 de mayo de 1941. Elegimos ese día porque habíamos escuchado en la radio que Adolf Hitler, en un discurso que pronunció en el Reichstag, dijo que con la ocupación de la isla de Creta toda Europa estaba liberada. Lo que quiso decir es que Europa estaba completamente bajo el poder del fascismo. Entonces, nosotros decidimos mostrarle que la lucha empezaba recién ahora, que Europa no estaba liberada como él decía. Se le da a ese gesto un valor histórico. Yo no lo concibo así. Este fue sólo un acto de los muchos que hicimos durante esta lucha. Desde ese momento hasta ahora nunca dejé de luchar. Nunca bajaré los brazos.

–Si hacemos una comparación histórica, ¿qué bandera habría que bajar hoy del mástil que ocupa?

–Habría que bajar la bandera de los súbitos e izar la bandera de la independencia y la soberanía nacional. Ahora me acuerdo de una cosa que Goebbels, el ministro de Información de Hitler, escribió en un artículo que apareció durante la Segunda Guerra Mundial. Goebbels dijo que en el año 2000 veríamos una Europa dominada por la cultura alemana. Sólo se equivocó en 10 años. Hoy Alemania domina política y económicamente toda Europa.

–¿Se siente humillado con la actitud despreciativa y rebajante que Alemania tuvo con Grecia durante todo este período de la crisis de la deuda?

–Nosotros combatimos a los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial y los seguimos combatiendo ahora, pero de otra manera. Es otro tipo de guerra. Pero hay una cosa que es segura: en aquel entonces no nos ganaron y tampoco nos ganarán ahora. Durante la Segunda Guerra Mundial los vencimos con las armas, hoy los venceremos de otra manera.

–Grecia votó el domingo pasado bajo una inmensa presión exterior, empezando por la de Alemania. Europa puso a Grecia en el banquillo de los acusados, la hizo aparecer como un país de vagos que sólo podía reparar su error de una manera: no votando a la izquierda. ¿Cómo juzga estas elecciones y las condiciones en que se llevaron a cabo?

–En la víspera de las elecciones, y por primera vez en la historia de nuestro país, los diarios alemanes, los políticos y otros dirigentes de Europa se metieron directamente en la política griega. ¡Fue algo increíble! Y sin embargo, pese a todo eso, nosotros, es decir la coalición de izquierda radical Syriza, salimos como segunda fuerza política del país. Esto representa una de las victorias más grandes de este último período. Prometo una cosa: cuando haya elecciones en Alemania yo voy a ir allá. ¡Ahí Angela Merkel va a saber lo que realmente significa la palabra intervención!

–En cuanto al resultado mismo de la elección, pese a que Syriza no ganó, como usted lo señaló recién, pasó a ser el primer grupo de oposición en el Parlamento. Eso es inédito, y no sólo en Grecia sino también en Europa. Es la primera vez que un partido a la izquierda del socialismo es mayoritario.

–Nosotros hubiésemos ganado las elecciones si no hubiese sido por dos factores: primero, la intervención exterior, que fue determinante; en segundo lugar, por las enormes dificultades que tuvieron muchos de nuestros votantes para regresar a sus pueblos y votar. No tenían dinero para pagar el viaje. De todas maneras, lo esencial es que el terrorismo de los medios de comunicación consiguió asustar a la gente, por eso ganó la derecha.