viernes, 13 de diciembre de 2013

Entregaron a sus familias los expedientes de los empleados de Aerolíneas Argentinas desaparecidos

Legajos que ahora cuentan la verdad

En los documentos laborales figuraba que las víctimas estaban cesantes o que habían abandonado sus puestos de trabajo. Los documentos fueron reparados y explicitado el motivo por el que no se presentaron a trabajar: fueron secuestrados y desaparecidos.

 Por Ailín Bullentini

De repente, Amado Amadio, Juan Patricio Maroni, Ernesto Lahourcade y Ricardo Freire comenzaron a faltar a sus trabajos en Aerolíneas Argentinas. Corría octubre del ’76, mayo del ’77, junio del ’78. Ya no se reincorporaron. Hasta ayer, el final abrupto de sus relaciones de dependencia con esa empresa, que por ese entonces era, como hoy, parte del Estado nacional, se mantuvo definido como “cesante” o “abandono de puesto de trabajo”, pero sus legajos fueron “reparados” y esos motivos reemplazados por el verdadero “detenido-desaparecido” en todos los casos y entregados a sus familiares en un acto en el Ministerio de Trabajo organizado por la Comisión de Trabajo por la Reconstrucción de Nuestra Identidad, que contó con la presencia del presidente de la aerolínea de bandera, Mariano Recalde, y del secretario de Derechos Humanos, Martín Fresneda.

“Aquí estamos para recordar, homenajear y hacer presentes”, introdujo Silvina Atensio, de la comisión responsable de la “reparación” de las verdades de Amadio, Maroni, Lahourcade y Freire. Se trata de los primeros empleados públicos cuyos legajos son sincerados y llegan luego de más de ocho años de trabajo del grupo de empleados de la Secretaría de Obras Públicas del Ministerio de Planificación Federal, que se preocupó por “restituir verdades” y conformó la comisión.

Cuando desde ese grupo se comunicaron con Susana Freire hace poco más de un mes para invitarla a recibir el legajo de su hermano Ricardo, la emoción implosionó dentro de ella. “Jamás pensé que mi hermano estuviera en el imaginario de alguien salvo en el mío”. La sorpresa también la empujó a sacar del escondite esa historia. El 1º de junio de 1978, su hermano tenía que encontrarse con Oscar Bazterrica, amigo y compañero de cuarto año de Abogacía en la UBA, y la novia en las inmediaciones del estadio en donde se inauguraba el Mundial. Oscar no llegó nunca. El día siguiente fue el último de Ricardo en Austral, en donde trabajaba. Esa noche, acompañó a los padres de su amigo y a la novia a denunciar a la policía su desaparición, pero no llevaba documentos. “Volvió a buscarlos a casa. Todavía los tengo”, señaló Susana, quien junto con sus padres no supo más nada de Ricardo. La novia de su amigo corrió la misma suerte. “Este acto es fundamental porque inicia una nueva etapa en la reparación ejercida desde el Estado: a muchos empleados públicos el mismo Estado que les daba trabajo los secuestró y los mató”, insistió Silvina Atensio.

Fresneda, en tanto, introdujo el acto en la arena política: “Estas iniciativas forman parte de una etapa de la memoria a la que no podríamos haber llegado sin antes juzgar al terrorismo de Estado”, dedujo. Recalde, más tarde, sentenció: “No podríamos estar viviendo esto si no existiese este proyecto político, si Néstor Kirchner no se hubiera plantado en la ESMA a pedir perdón en nombre del Estado a todos los argentinos”.

Para Paula Maroni, su padre, Juan Patricio, fue “producto de su época”. Nació en una familia trabajadora de Parque Chacabuco, estudió en un colegio salesiano y por medio del Movimiento católico tercermundista ingresó en Montoneros. Ella, única hija, criada entre una mamá sobreviviente del Atlético, el centro clandestino de detención porteño de donde no regresaron ni su papá ni su tío, y una abuela Madre de Plaza de Mayo, Enriqueta Maroni, sabía del empleo de su padre en Aerolíneas como una parte más del rompecabezas. Por eso, el acto de ayer la conmovió sobremanera: “Me permite saber si alguien lo conoció en esta faceta. Uno va reconstruyendo a las personas que no tiene de a partes, en función de lo que se va encontrando en la vida, así que es una reconstrucción permanente”, reveló. Pero también le duele porque la conecta con “lo irreparable” en lo personal. Desde lo colectivo, no obstante, Paula –que hoy es directora del Espacio Memoria, Verdad y Justicia–, el acto tiene otro valor porque “repara la verdad histórica, que es lo que sirve para el futuro, ya que es para toda la sociedad: mi viejo no abandonó a su hija, ni a su esposa ni su puesto de trabajo. Mi papá fue secuestrado el 5 de mayo de 1977 con su esposa y llevado al Atlético”.

El legajo de Armando Amadio, trabajador de Aerolíneas, con el sello gigante de “reparado” en rojo fue entregado a Mirta Silberstein. Entre ellos no hay conexión de sangre, pero sí de historia, la única conexión que se pudo localizar a partir de Amadio. La prima de Silberstein, Silvia Kuperman, era la pareja del hijo de Armando, del mismo nombre y militancia en el peronismo. “Desaparecieron los tres juntos en 1977, la misma noche”. La pareja de su prima y Armando Amadio hijo vivían en Beccar y de esa casa se los llevó una patota que inmediatamente después fue a buscar a Armando Amadio padre. Los hombres eran hijos únicos, la descendencia de la familia desapareció con ellos.

Guillermo Lahourcade nunca imaginó que la palabra “reparación” pudiera tener un efecto tan fuerte. Su padre tenía 46 años cuando se lo llevaron de su casa, en Ramos Mejía, en donde “destrozaron todo” tras el secuestro, una historia de militancia barrial en el Peronismo de Base y trabajo gremial como delegado de Aerolíneas, en donde era mecánico. “Mi viejo era un tipo muy comprometido, siempre intentó cambiar las cosas que estaban mal, siempre creyó que el ser humano debía ser diferente. Así vivió y así murió, en su ley. No lo podía haber atropellado un auto”, reflexionó como si ese cierre lo ayudara a contener la falta. Nunca más supieron nada, salvo que a Ernesto lo secuestró un comando de Aeronáutica y que la noche que cayó su destino fue el mismo que el de otros doscientos dirigentes gremiales.

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